Para Elías Pino
Últimamente voy por la calle preguntándome por qué soy venezolana o por qué me identifico con mi país. Millones de ideas se me vienen a la cabeza continuamente, sobre todo ahora, en este escenario político, económico y social tan controvertido, pero cuando me siento a escribir estas líneas me doy cuenta de que plasmar ese montón de ideas es una tarea difícil, porque a lo largo de mi vida he estado rodeada de incontables transformaciones como venezolana.
Soy valenciana, mi madre es de un pueblo del norte del Estado Monagas, llamado nada más y nada menos que “La Guanota”, mi padre es un italiano que llegó en 1957 de la mano de mi abuela a tierras venezolanas huyendo de una situación difícil en Europa y llegando a la cumbre de un contexto político venezolano muy interesante: la debacle de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Por esta razón, desde niña comencé a vivir esa influencia de una familia italiana que, como muchas más, comenzó a construirse un futuro en este país y que, poco a poco se mezcló con la influencia –igualmente grande- de una familia muy humilde del oriente del país.
Ser venezolana entonces, implica en principio esa mezcla tan importante de culturas, el arraigo de mi familia paterna a estas tierras y a lo que había en ellas y las costumbres y modos de vida de una madre venezolana, que, sin haber terminado ni siquiera el bachillerato, trabajaba cómodamente en el Pedagógico de Maturín como Bibliotecaria. Además, me tocó ver continuamente como mis abuelos llamaban “India” a mi madre y al resto de los venezolanos con los que se relacionaban. Eso me hizo entender, sin duda alguna, que había una marcada diferenciación social, que fue construida desde los tiempos coloniales por los extranjeros, específicamente, por los españoles y que indudablemente se convirtió en una tradición que ha trascendido a los tiempos actuales, hasta el punto de decir que nosotros mismos marcamos diferencias dentro de nuestra sociedad.
La población venezolana está caracterizada por un conjunto aglutinado de razas, producto de un proceso de mestizaje que exhibe rasgos muy propios. Su carácter y valor intrínseco debe ser entendido como una variedad de costumbres, rostros y colores que han sido moldeados por aspectos históricos, geográficos y dinámicos. Una población aislada, analfabeta y apática en tiempos de la configuración de la república, que se fue transformando sustancialmente a principios del siglo XX hasta tomar forma en un mestizaje continuo producto de la llegada de innumerables extranjeros, de la personalidad del gobernante de turno, de las oportunidades que se fueron presentando, de los personajes que hicieron eco en nuestra historia política y social y que junto a lo demás, fueron transformadores de una sociedad que se negaba al cambio, que temía el cambio pero que durante todo este proceso comenzó a tomar conciencia de su condición, de su pertenencia al país, de la lucha de la que debía ser partícipe, de su historia, de la religión que le habían impuesto, de sus modos de vida en general, pero también, de su interés por las cosas de afuera, por lo superfluo y superficial, por el consumismo, la opulencia, la apariencia, en ese proceso histórico que desde siempre, ha favorecido a unos y ha marginado a otros y que mantiene en sí mismo un factor constante: la diferenciación de clases definidas entre ricos y pobres e incluso entre blancos y negros.
Indiscutiblemente Caracas era otra ciudad. Llegué justo en épocas de transición. Se estaba dando un gran cambio político en el país y ese cambio iba de la mano con una ruptura de la historia democrática de Venezuela para entrar a una idea renovada, “revolucionaria”, llena, como siempre, de miles de promesas de cambio, de inclusión y reivindicación social, y, sin duda alguna, de una negación constante del pasado forjador de lo que somos ahora. Durante estos ocho años, todo cambió, incluso mis formas de ver las cosas, los conceptos de familia, la visión religiosa; claro, todo esto producto de crecer, de vivir y de una formación universitaria en el campo de la diplomacia y la comunicación.
Pero no sólo eso, hoy en día soy completamente ajena a mi ciudad natal y más que hablar de ser venezolana, yo comenzaría por decir que soy más caraqueña que otra cosa, que ya no hablo como antes y que algunas veces, mis padres –la oriental y el italiano- los que me formaron en principio bajo claras normas familiares y sociales, me ven con sincera extrañeza, hasta el punto de decir que soy muy rara y que Caracas transformó mi vida y mis visiones. Y es así, indudablemente, ser caraqueño, valenciano, “maracucho”, llanero, oriental, es, desde tiempos de emancipación todo un mosaico de culturas y modos de vida distintos. Todo este fenómeno se une a la llegada de extranjeros a mediados del siglo XX, quienes, innegablemente, han sido forjadores de cambios económicos y sociales, de importantes mezclas, sobre todo, en los estados Miranda, Carabobo, Aragua y en la capital, estados que han presentado, desde siempre, las mejores oportunidades para una población ávida de cambios que buscaba continuamente, mejoras en su calidad de vida y acabar con el aislamiento que vivieron durante todo este tiempo de transformaciones.
Para ejemplificar un poco estas diferencias, me atrevo a señalar que en Valencia hay una marcada diferenciación de clases sociales. La gente de dinero, más que un sector intelectual, yo lo ubicaría en un sector enmarcado dentro de innumerables frivolidades, están muy pendientes de los lujos, el dinero y las relaciones sociales como punto focal de vida. Por otro lado, la gente de clase media baja está sumergida en una especie de oscurantismo de nuevas ideas, de intelectualidad, de crecimiento. Es, sin importar la clase social a la que pertenezca, una sociedad consumista y con tradiciones y culturas muy parecidas a las que yo tenía, lo que me hace pensar que no han cambiado ni se han transformado. Es una sociedad considerablemente clasista, con diferencias bien marcadas, algunas veces apática en muchos sentidos, una sociedad que raya algunas veces en la incultura y el desprecio.
Esto no quiere decir que en Caracas no se sufran estos males, al contrario, hay algunas tendencias de este tipo, pero también hay diferencias marcadas en principio por el hecho de ser la capital de Venezuela, por aglutinar a las instituciones del estado, los medios de comunicación, las mejores universidades, entre otras cosas. El estilo de vida es indudablemente distinto, es el epicentro de nuevas ideas, de nuevos estilos, pero también de polarizaciones, aún cuando todos estamos juntos, cuando un edificio lujoso está delante de un cerro lleno de gente que vive en condiciones infrahumanas, cuando paseamos en metro de punta a punta, de Palo Verde a Propatria y vamos viendo como cambian los paisajes y los panoramas, como cambian las caras de la gente en cada estación; como la gente se empuja, se irrespeta, cuando la violencia es el arma principal de supervivencia en una ciudad llena de contrastes, cuando a veces provoca salir corriendo.
Soy venezolana y serlo me llena la mayor parte de las veces de gran orgullo (no puedo negar que algunas veces siento cierta vergüenza de las cosas que pasan en este país), tenemos una personalidad que se reconoce a donde quiera que va.
Y sobre todas las cosas, soy venezolana, porque soy víctima, como muchos, del miedo al cambio, porque a veces me quedo en los laureles esperando que alguien haga las cosas por mi, porque me levanto muy temprano a trabajar y llego muy tarde a casa porque tengo más de dos trabajos, porque me he dado cuenta de que mi evolución como venezolana tiene que ver con haber llegado a tierras caraqueñas, porque se está reivindicando el papel histórico y social de la mujer, porque cada día noto las grandes diferencias que existen en nuestra sociedad, porque me ilusiono como todos por un mejor país, que debería comenzar, en principio por la gente, porque me ha costado cambiar conciencias, cuando la característica principal en la falta de conciencia, porque las nuevas generaciones están algo viciadas de las viejas y a veces siento que retrocedemos en vez de avanzar. Para ser honesta, algunas veces siento que soy de otro planeta y que veo esta realidad desde la ventana de un avión que vuela hacia otros lugares, pero a pesar de eso, formo parte de esta masa, del tráfico, de la cola, por eso y más, soy venezolana.
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